Lo primero que podemos señalar es que la muerte es el acontecimiento universal e irrecusable por excelencia; en efecto, lo único de lo que estamos verdaderamente seguros, aunque ignoremos el día y la hora en que ocurrirá, su porqué y el cómo, es que debemos morir.

En este sentido la muerte parece más radical que la vida: potencialmente el número de vivos sólo representa un ínfimo porcentaje de los que habrían podido nacer; en cambio cada hombre conoce de antemano su desenlace fatal, hasta el punto que, como señalaba Heidegger, el ser humano es un ser-para-la-muerte.

De hecho, vida y muerte, aunque antinómicas, se muestran curiosamente indisociables: el niño que nace lleva en sí una promesa de muerte, es ya un-muerto-en-potencia; pero la persona que fallece puede esperar sobrevivir en la memoria de los que aún quedan con vida, y en todo caso mantenerse parcialmente en el patrimonio genético que lega a su descendencia.

Pero también hay que proclamar la necesidad de la muerte: lo que las civilizaciones arcaicas sostuvieron siempre, ¿no acaba de descubrirlo la ciencia moderna? En efecto, la muerte, para el biólogo, es lo que permite supervivencia cotidiana de la especie (si el grano no muere, dice también el poeta) al asegurarle con su renovación cotidiana sus posibilidades de cambio. Por lo demás, el hombre de hoy suele adoptar una posición equívoca frente a lo que San Pablo llamó “la reina de los espantos”, curiosa mezcla de evasión y negatividad. Ya Bossuet señalaba, en su sermón sobre la muerte, en 1666: “es una extraña debilidad del espíritu humano el que jamás la muerte esté pensando en él, por más que ella se nos aparece en todo, bajo mil formas diferentes[…]

Los mortales se preocupan tanto de sepultar los pensamientos de muerte como de enterrar a los muertos mismos.” Si por un lado el hombre de hoy parece capaz de superar los tabúes del sexo –no sin traumatismo, es cierto, ya que la represión sigue siendo demasiado evidente en todo el mundo occidental -, en cambio permanece curiosamente prisionero de la prohibición de la muerte.

En efecto, se nos dice que hablar de la muerte revela un “estado de espíritu morboso, próximo a lo macabro”.

Por otro lado, la actitud del hombre frente a la muerte puede definirse en muchos aspectos como una conducta de evasión, un rechazo en estilo tragicómico.

“En líneas generales el público, cuando se le habla de la muerte, espera dos cosas:

1) Escapar del tedio mediante una impresión fuerte

2) Que se lo vuelva a instalar enseguida en su sillón tranquilizador mediante un consuelo final. Hay un contrato tácito entre el escritor y la sociedad: `Cuento contigo -le dice ésta- para que me proporciones la manera de utilizar, olvidar, retardar, encubrir o trascender la muerte. Para eso te he contratado. Y si no cumples tu función, serás despedido (es decir no se te leerá más).”

La manera más torpe de negar la muerte consiste en ver en ella sólo una potencia negadora, en reducirla a ser únicamente la destrucción pura y simple de la vida: merced a la muerte, la presencia se trueca en ausencia; con ella, el ser se vuelve no ser, o sólo un frágil recuerdo por un tiempo; en suma, como lo dijo con acierto V. Jankélévitch, “morir no es devenir otro, sino devenir nada, o lo que en definitiva es lo mismo, devenir absolutamente otro, pues si lo relativamente otro es todavía una manera de ser, lo absolutamente otro, es su contradicción total, se comporta con respecto a él como el no ser con relación al ser”.

Nadie se asombra si una concepción como esa, a pesar de la perspectiva tranquilizadora o consoladora de las religiones monoteístas, limita la muerte a ser el acontecimiento que pone término a la vida.

Entendida de este modo, la muerte ocupa una situación ambigua en el pensamiento occidental: se le concede demasiado, puesto que, como suele decirse, ella “nadifica” al ser; pero no se le otorga bastante, ya que se la ve como un acontecimiento reducido a un punto; sin embargo para el hombre moderno los muertos no están jamás en su sitio, siguen obsesionando al inconsciente de sus sobrevivientes que tratan de olvidarlos, y el rechazo del diálogo hace a los difuntos más crueles, y sobre todo más presentes.

Por una curiosa paradoja, cabe preguntarse si el hombre occidental no teme a la muerte porque se niega a creer en la omnipotencia de la vida. Por el contrario, el negro africano –y ya sabemos de qué manera rica y original y con qué fervor exalta éste la vida- reduce al mínimo la magnitud de la muerte al hacer de ella un imaginario que interrumpe provisoriamente la existencia del ser singular. El negro la transforma en un hecho que sólo incide sobre la apariencia individual, pero que de hecho protege a la especie social (creencia en la omnipresencia de los antepasados, mantenimiento del filum clánico gracias a la reencarnación); lo que permite no sólo aceptar la muerte y asumirla, y más aún, ordenarla, según la expresión de Jaulin, integrándola a su sistema cultural (conceptos, valores, ritos y creencias), sino también situarla en todas partes (lo que es la mejor manera de dominarla), imaginarla ritualmente en la iniciación, trascenderla gracias a un juego apropiado y complejo de símbolos. En suma, el negro no ignora la muerte. Por el contrario, la afirma desmesuradamente (acabamos de decir que la coloca en todo). En él, y para él, “la muerte es la vida, perdida, mal jugada. La vida es la muerte dominada, no tanto a nivel biológico como social”.

Si reparamos en los mitos, las creencias, las fantasías, la actividad creadora de los hombres de ayer y de hoy, comprobamos el papel privilegiado que desempeñó siempre la muerte, lo que delata la positividad de la que pasa por ser la eterna y despiadada destructora. ¿Acaso una obra reciente no ha descrito la diversión, lo crepuscular, lo fúnebre, lo lúgubre, lo insólito, como las categorías estéticas por excelencia de la muerte, mientras que lo fantástico, lo maravilloso, lo demoníaco, lo infernal, lo apocalíptico, lo macabro, lo diabólico, serían las categorías del más allá?

Así, la vida moderna aporta cierto número de elementos (creencias, técnicas, actitudes) que obligan al hombre de hoy a revisar sus posiciones seculares con respecto a la muerte. Las guerras no fueron jamás tan destructivas como las de hoy, ni tan dramáticas las amenazas de la contaminación ambiental o los desechos nucleares, ni tan onerosa y arriesgada la carrera armamentista; pero además el desprecio del hombre por el hombre se ha hecho más manifiesto (ecocidio, genocidio y etnocidio; aumento de la criminalidad, de los accidentes de trabajo y de tránsito; extensión de la explotación capitalista, obsesionada por el costo de la vida, y que no deja de mercantilizar a la muerte misma).

Además, y por razones que desbordan las exigencias económicas, el hombre es privado de su muerte: muere solo, en el asilo o en el hospital, sin preparación psicológica (existen manuales de comportamiento sexual, pero no hay para enseñar el arte de bien morir); los funerales y los ritos del duelo van siendo escamoteados; la acumulación de cadáveres se vuelve molesta, mientras que los cementerios plantean a los urbanistas problemas de la mayor complejidad. El sabio, por su parte, subraya la insuficiencia del conjunto tradicional de prueba del deceso (paro del corazón y de la respiración) y otorga prioridad a la ausencia total de actividad cerebral –confirmada por un trazado llano en el encefalograma-, para demostrar una falta completa de todo reflejo durante un “tiempo considerado suficiente”. ¿Y qué pensar de la definición cristiana, la muerte es la separación del alma y el cuerpo? ¿Cómo interpretar, si no es en términos simbólicos, la sentencia del Eclesiastés (XII, 7): “Y el polvo se torne a la tierra, como era, y el se vuelva a Dios que lo dio”? Se efectúan cambios, se presentan otras perspectivas, no son prometidas otras esperanzas: las pompas fúnebres se transforman en servicios tanatológicos; se crean complejos funerarios (athanées); una deontología nueva se incorpora a la legislación (injertos, donaciones de órganos, transporte de cadáveres); los tanatoprácticos limitan los efectos degradantes de la tanatomorfosis y facilitan así el trabajo del duelo; la iglesia levanta sus prohibiciones con respecto a la cremación y ya aparece en la lejanía hipotética la posibilidad de la criogenización y de la reanimación.

 

Prefacio del texto “Antropología de la Muerte” de Luis- Vincent Thomas